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Política
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Información tomada de lasillavacia.com

“Mire doctora, yo tengo 2.000 votos. Mi campaña vale 50 millones de pesos. Setenta, si no me puede conseguir los puestos para mi hija que se acabó de graduar de la universidad y para la esposa del presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio. Me los paga a cuotas, 30 por ciento para empezar - se viene el Día de la madre y hay que conseguir para los mariachis y la rifa-, 30 por ciento en septiembre - el mes del amor y la amistad- y 40 para octubre cuando ya se calienta la campaña. Eso es lo que me está ofreciendo el Concejal X, ¿usted cuánto me va a dar?”

Cada vez que el calendario llama a elecciones, se reinaugura el mercado electoral. Y el primer eslabón de la cadena, los ediles que trabajan consiguiendo los votos, empiezan su trámite para definir con qué candidato les conviene irse para ganar las elecciones locales. Un ‘mercado’ que se rige como cualquiera, a punta de oferta y demanda. El candidato que logre sumar más ediles en sus filas, tendrá más posibilidades de ganar. Porque quien ha hecho campaña sabe que el poder de un político se mide por el tamaño de la corte que lo sigue.

Aunque, obvio, hay muy buenas excepciones y candidatos que no hacen nada de esto, el mercado de los ediles sí determina en buena parte cómo se ganan realmente las elecciones en ciudades como Bogotá. Sobre todo para aquellos políticos que no confían suficientemente en sus ideas.

La ‘doctora’ de esta historia es una concejal que en las elecciones de 2011 se eligió heredando los votos de su padrino que había resultado involucrado en el cartel de la contratación que se robó la capital.

Para las elecciones de 2015, aunque en teoría su estructura todavía contaba con ediles en 11 de las 20 localidades, el tiempo hizo languidecer las lealtades que en política, sobre todo en la clientelista, son lo más importante. Por eso, redobló sus apuestas.

Ella es una de las cinco concejales y ediles con la que La Silla reconstruyó cómo funciona el mercado de los ediles en Bogotá.

Aunque sus relatos fueron tomados en vísperas de las elecciones regionales de 2015, la práctica se replica en las elecciones al Congreso, porque ellos suelen ser la base de una maquinaria más grande que casi siempre encabeza un senador.

Así, este mercado se mantiene vigente de elección en elección y empieza por definir el precio del edil a partir de tres variables: la oferta, la localidad a la que pertenece y su trabajo con la comunidad.

La primera está determinada por las novedades que trae la temporada.

En Bogotá hay 182 ediles que se reparten en las 20 localidades. Dependiendo del tamaño, cada localidad puede tener entre siete, nueve y once ediles. Se eligen por votación popular en las elecciones regionales y para lograr una curul necesitan, en promedio, entre mil y cinco mil votos.

Los que entran al mercado son de dos tipos.

Están, por un lado, los ediles nuevos. Suelen ser líderes barriales que quieren dar un salto a la Junta Administradora Local y aunque no ofrecen muchos votos (100 y 500 es lo estimado) no son tan costosos porque no tienen trayectoria política.

La transacción con ellos es la más simple de todas: candidato y edil comparten los gastos en publicidad y en logística de los eventos y las reuniones de la campaña. Un combo que no pasa de 20 millones de pesos y que incluye el tradicional TLC - Tamal, Lechona y Cerveza- y el pago del salón comunal.

Por otro lado, están los ediles con credencial que entraron al mercado porque se quedaron ‘huerfanos’, ya sea porque su anterior padrino no les cumplió y por eso decidieron buscar otros horizontes, o porque su padrino terminó destituido o preso, o porque simplemente no va a aspirar más. Y los que aún con padrino vigente quieren apuntarle a uno mejor.

Su ventaja en ambos casos es que ya se han hecho contar y por tanto su capacidad de endosar votos -que es en últimas lo que más importa- es medible. “Es la magnitud de lo que aportan”, dice la ‘doctora’.

Un edil que sacó 500 votos y le puso 400 a su candidato en las elecciones de 2011 tiene un ochenta por ciento de capacidad de endosar. Otros sólo logran endosar entre el 30 y el 40 por ciento. A mayor capacidad de endoso, mayor tarifa, y algunos llegan a cobrar entre 50 y 80 millones sólo por los votos que prometen.

La segunda variable es el tamaño y el tipo de localidad en la que fue elegido o se quiere hacer elegir el edil. No es lo mismo ser edil en Kennedy, que tiene el tamaño de Cartagena, que de La Candelaria.

Las otras localidades más cotizadas en Bogotá son Bosa, Ciudad Bolívar, Suba y Engativá. Es decir, las más grandes y las que tienen más población en estratos 0, 1, y 2.

El problema es que en esas localidades "la gente no vota" y por eso terminan siendo las más costosas, según explicó otro concejal consultado que hace parte del grupo de un senador costeño.

Además, en esas localidades los ediles necesitaron entre 3 y 4 mil votos, mientras que en las pequeñas como Mártires o Santa Fé necesitan solo mil. Eso implica que aún si su porcentaje de endoso es menor, hay más votos de por medio.

La consecuencia en todo caso es que en esas localidades suelen jugar los duros del negocio, que además, suelen estar dispuestos a pagar tarifas mucho más altas.

Y finalmente está la variable de cómo el edil ‘atiende a sus electores’. Es decir, cómo reparte la mermelada para mantener aceitada su maquinaria de elección en elección.

Las juntas de acción comunal funcionan como concejos en cada localidad, hacen proyectos de acuerdo relacionados al plan de desarrollo de las alcaldías locales, avalan los presupuestos de cada localidad y eligen la terna para escoger al alcalde local de cada localidad.

Además, pueden citar al alcalde local para hacerle control político. Es como un Congreso pero en micro. Y con la diferencia -nada despreciable- de que los funcionarios de la alcaldía local no están obligados a asistir a esos debates.

En la práctica, además, son el primer eslabón entre el político nacional o distrital y los ciudadanos de a pie. Pero a diferencia de los líderes barriales o ‘puya ojos’, se han hecho contar y pueden ‘gestionar’ contratos y convenios con las alcaldías locales.

Usualmente en Bogotá, dependiendo del peso político de un edil y de su cercanía con el alcalde local, puede ‘recomendar’ a un contratista o una fundación de su cuerda para que realice obras tan variadas como la pavimentación de la vía del barrio o el campeonato de fútbol local. De paso, como ocurre en Kennedy, recibe el rédito político de la obra al dejar la huella de su movimiento político en la valla que anuncia la obra o el programa.

También son quienes terminan por definir cómo se llenan los cupos para ingresar a un programa social del distrito o a un paseo que paga la administración. Y los que están pendientes de organizar las fiestas importantes como la del día de la Madre o la Navidad en el barrio en las que los políticos de más alto rango van a darse un baño de popularidad.

Antes de que empiece la puja, como nos contaron los candidatos, ellos se sientan con sus colegas para definir cómo están repartidas las cargas y cuáles ediles están fuera del mercado. La falta de honestidad en este punto puede resultar muy costosa porque siempre hay avivatos que ofrecen sus servicios a más de uno y al final, no le cumplen a ninguno.

En este negocio gana el que ofrezca más y lo haga más rápido. “Es como una subasta”, dijo uno de los consultados. Además, un edil fuerte suele traer a otros que también le quieren apostar a un buen candidato.

El trato se concreta a unos cuatro meses de las elecciones y se terminan de cuadrar los detalles de la logística: cuántas reuniones, con qué frecuencia, dónde, cuánta y dónde se pega la publicidad. (En promedio, un paquete de 10 a 12 reuniones cuesta 15 millones de pesos). La tarifa del edil va aparte y depende de las variables que ya explicamos.

Lo último que se define es el mecanismo de pago. Aunque hay quienes cobran mensualmente, la mayoría difiere los pagos en cuotas durante el tiempo que dure la campaña. El último pago -que suele ser el más grande- se paga entre un mes y dos semanas antes del cierre de la campaña.

Luego están los pagos en especie, es decir, los puestos que garantiza el político a los que lo ayudaron en su campaña y que se pagan una vez el político resulte elegido. Los beneficiarios en este caso son los familiares del edil y los líderes que conforman su estructura, como los presidentes de las juntas de acción comunal y los líderes de los barrios.

La mayoría son OPS -órdenes de prestación de servicios- en entidades o secretarías de la administración distrital. Para conseguirlas, los concejales se apoyan en los amigos, que usualmente son cuotas de la misma estructura que lo ayudó a elegirse. Con esos mismos amigos se tramitan los ascensos de los que ya trabajan en esas entidades.

La última opción son los puestos en la Unidad de Apoyo Normativo del concejal que resulta electo. Son hasta 12 cargos con salarios mensuales, con todas las prestaciones que obliga la ley, en la escala de 1.5 a nueve millones de pesos. Son los que los políticos guardan con mayor recelo y con los que se suelen quedar los alfiles más claves de la campaña. Aunque eso no significa réditos para el político.

“Yo contraté a la hija de un líder que me ayudó en mi campaña y en los cuatro años nunca fue a la oficina en el Concejo. Una vez la llamé para pedirle que al menos trabajara moviendo las redes sociales desde su casa y me respondió que no, que su papá ya había cumplido con su parte”, contó la concejal.

El pago tampoco garantiza el trabajo porque en últimas, como nos dijo otro concejal, “lo que se compra es la lealtad”. “Hay que estar encima de ellos porque sales tumbado cuando juegan con otro o cuando reparten los votos”.

“Estar encima de ellos” significa gastar también parte de los recursos en una avanzada de monitoreo y supervisión que se encarga de ir frecuentemente a los barrios y reuniones para verificar que el edil esté cumpliendo con su parte. Las avanzadas incluso se quedan más allá de la reunión de su político para revisar que a la reunión de su competencia no vaya la misma gente. O que al edil no le de por terminar una reunión, bajar los afiches con la cara del candidato y colgar unos nuevos con la cara de otro.

Al final, de todas formas, es un acto de fe. “Todo se basa en la confianza. Ni ellos saben cuántos votos te van a poner”. El único control que sirve es el que se hace el día de las elecciones cuando la suerte ya está echada.

Nota: Este capítulo hace parte de un libro que publicará La Silla Vacía en unos meses sobre cómo se alcanza y se reproduce el poder.