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El autor establece una relación entre el pensamiento y el accionar nacionalista y antiimperialista de Bolívar y el sometimiento a las políticas y pretensiones de los Estados Unidos, de los gobernantes posteriores a la muerte  del Libertador.

En Colombia el campo popular y democrático tienen en la gesta libertadora, que se inicia en el siglo XVIII con la revolución de los indígenas. Lla rebelión de los comuneros y otros levantamientos contra el dominio español, y que luego se extenderá al siglo XIX con el emprendimiento de la campaña bolivariana, un referente de análisis de las contradicciones de clase de aquel tiempo, pero también un arsenal de experiencias importantes para la praxis transformadora y revolucionaria.

En el centro de las contradicciones que definirían el carácter de la época estaba el comienzo de la relación norte -sur, es decir, de la aproximación o distanciamiento con los EUA y Europa, llevando en cuenta, por un lado, el incipiente y conturbado diseño en los nuevos Estados del concepto de interés nacional y, por el otro, la dinámica y pretensiones expansionistas de las potencias del norte.

En esa situación se desató una campaña de animadversión contra Bolívar no sólo en Europa sino también en los EUA, que pretendía mostrar a Santander como el “liberal auténtico” y a Bolívar como “el monárquico disimulado”. Como sustenta Shulgovski, el rechazo que esas corrientes de pensamiento achacaban a Bolívar con relación a las instituciones estatales de los EUA, debe examinarse en el contexto general de la búsqueda de ideales económicos, sociales y políticos, que mejor se adecuaran a las condiciones histórico-concretas de desarrollo de los jóvenes Estados.

La verdad es que el monroísmo de 1823, colocado como la directriz de política externa de los EUA, intentaba impedir el comercio en el área del Caribe de sus competidores europeos y ejercer influencia en la organización de toda América. Así, las posibilidades de ejercer soberanía plena y de estabilidad política a partir de la autodeterminación, de contar con una diplomacia activa y fuerzas armadas con visión patriótica, fue desde el comienzo amenazada. Por eso, podemos afirmar que, aunque la Gran Colombia fue el primer país de América Latine en tener una misión diplomática en Washington, las primeras relaciones con los EUA fueron marcadas por amenazas y resistencias.

Ese tejido de dominación imperial tuvo en Bolívar un opositor decidido. Hay que recordar los intentos por desmontar el ejército libertador y la firmeza de Bolívar ante esa pretensión. Con efecto, la carta del Secretario de Estado Henry Clay, de 27.10.1828, expresaba la “preocupación” de los EUA con la permanencia de tropas porque eran “un peligro para la libertad del pueblo y las instituciones liberales”. También el embajador en Bogotá. General Harrison, calificaba el ejército patriota como “la encarnación del despotismo militar”. Las presiones buscaban minar la capacidad de defensa de las naciones mientras se promovía la política agresiva de los EUA.

Ya a mediados del siglo XIX, como explica Vega Cantor, la relación de Colombia con los Estados Unidos está signada por conflictos sobre el istmo de Panamá y el pago de indemnizaciones, los cuales moldean el carácter subordinado de las clases dominantes nativas. El tratado Mallarino-Bidlack, de 1846, - 16 años después de la muerte de Bolívar – muestra esa rendición y entreguismo al conferir a los EUA privilegios para utilizar el istmo y reprimir los conflictos sociales. El autor constata que entre 1850 y 1902 los EUA desembarcaron e invadieron el territorio panameño 14 veces.    

Y luego, durante el siglo XX, la presencia norteamericana en Colombia se torna más evidente mezclándose con la contrainsurgencia creada en el propio país para violentamente reprimir la protesta social. El episodio de las bananeras será una muestra de esa combinación.

Como vemos, la política de agresión constante de los EUA se manifiesta desde la conformación de las repúblicas en esta parte del planeta y ha venido evolucionando, al punto de que actualmente se registra un plan multifacético de dominación imperial en marcha que tiene varias dimensiones.

Hay una dimensión geopolítica, orientada por el  complejo industrial militar de los Estados Unidos; una dimensión dirigida al control de los recursos, especialmente los energéticos; una dimensión económica, fundada en la transnacionalización del capital y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y, finalmente, una dimensión político-institucional, para una reconfiguración del régimen político, objetivando mayor exclusión de fuerzas contestadoras y potencialmente protagonistas de transformaciones democráticas.

No nos detendremos en cada una, pero si resaltaremos que en la primera dimensión hay elementos a considerar, extremamente delicados y peligrosos para la soberanía, la paz y la seguridad regional.  Entre ellos está la reactivación y movilización estratégica de la IV flota del ejército de los Estados Unidos en el Caribe y el ingreso de Colombia en la OTAN, que implica una relación de subordinación del país a directrices de una organización militar de cobertura global.

La bilateralidad de la relación Colombia-OTAN supone que el país puede enviar efectivos para guerras en el exterior y, desde luego, implica el apoyo militar de las fuerzas de la OTAN a Colombia, en el caso de que se encuentre involucrado en algún conflicto regional.

Otro elemento especialmente peligroso es la continuidad de las imposiciones de bases militares. Como en los tiempos de Bolívar, Estados Unidos necesita contar con gobiernos que expresa o tácitamente renuncien a su interés nacional y asuman su interés expansionista.

Al final del 2018 los datos del propio Ministerio de la Defensa de los EUA analizados por el Consejo Mundial de la Paz arrojaban que había 1 millón 300.00 hombres y mujeres en servicio activo en su ejército. De ellos, el 26% en el extranjero. El total de bases militares es de 514 e en América Latina y el Caribe el número llega a 75.

Las “bases militares operacionales”, como la de Guantánamo, cuentan con amplia infraestructura y sistemas de atendimiento de emergencias de amplio espectro. Los llamados “sitios de operación avanzada”, con número de efectivos que se amplia o reduce conforme las necesidades, prestan servicios en Colombia, donde hay 9, contando con la utilización de la Base fluvial de Turbo en Antioquia y la Base Naval en Cartagena.

En ese orden de ideas, importante llevar en cuenta como gravemente el gobierno brasileño de Bolsonaro cede a las pretensiones de los EUA y retoma el acuerdo para un “emplazamiento de seguridad cooperativa” en Alcántara, al norte del país, para realizar operaciones de lanzamiento de satélites.

Como se puede observar, en términos de relacionamiento entre Colombia y el imperio y de pretensiones hegemónicas en el área Latinoamérica y caribeña, razón tenía Bolívar al ignorar las misivas y exigencias de los Estados Unidos y promover de manera resuelta la soberanía, cuya defensa tiene, ayer y hoy, un sentido revolucionario y democrático.  

Por eso, las reflexiones sobre este bicentenario no pueden ser conducidas exclusivamente por la senda de las referencias anecdóticas, sino de la lectura comprometida con la paz, con el cambio social, con la reconstrucción de la memoria anclada en la lucha de hombres y mujeres por su dignidad.      

Por: Pietro Lora Alarcón
Catedrático de la Facultad de Derecho y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo-Brasil.