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Del pasado glorioso de los caciques muiscas a los barrios obreros de nuestro tiempo, el tejo ha sido practicado y denigrado por igual durante siglos. Hoy finalmente se ha ganado un puesto en la identidad colombiana al ser declarado patrimonio inmaterial.    Gabriel Abello Rodríguez*

Un juego con historia:

Aunque no ha sido posible identificar su origen exacto, algunos historiadores y antropólogos han acudido a la tradición oral para encontrar noticias sobre la génesis del juego llamado tejo o turmequé.

Hoy sabemos que este juego ancestral es tan antiguo como las culturas aborígenes del país que hoy es Colombia. Por eso practicarlo es una exaltación de lo indígena, de la fortaleza y la destreza físicas de los pueblos de este territorio.

El juego se practicaba con discos de oro (tejos) llamados “zepguagoscua”, y era usado en rituales sagrados y legales, para aplicar justicia, para ganar el amor de la mujer amada, para dirimir conflictos, o por simple diversión. Por todo esto, era considerado un juego sagrado por los muiscas o chibchas, el grupo étnico ubicado en el altiplano cundiboyacense.

Con la llegada de los españoles a América el juego cambió, pero sobrevivió al proceso avasallador de la conquista, adaptándose a las nuevas condiciones. Ya no se usaron discos de oro, sino piedras, que más tarde fueron reemplazadas por una porción de hierro que se llamó tejo, lo que dio origen a su nombre moderno.

Era usado en rituales sagrados y legales, para aplicar justicia, para ganar el amor de la mujer amada, para dirimir conflictos, o por simple diversión.

Si ahondamos en su nombre original, turmequé, encontramos que esta palabra pertenecía a la lengua chibcha, y significaba “jefe vigoroso”. También la encontramos como referencia a un municipio en Boyacá, al que se le atribuye el nacimiento del juego; sin embargo, no se ha encontrado un vestigio que nos permita ubicar su origen allí.

Los objetivos de su práctica inicialmente eran la fuerza y la precisión, por las grandes distancias que tenía que recorrer el disco. Estas medidas, poco a poco, se fueron reduciendo hasta adquirir sus dimensiones actuales. Además se empezó a usar greda para retener los discos y evitar que se perdieran tan fácilmente. En esencia, el objetivo sigue siendo lanzar un disco a un blanco que es un hoyo en una piedra cubierta de greda, para que este quede en el hoyo o muy cerca de él.

Costumbres y estigmas

Entre los pocos elementos culturales muiscas que sobreviven hoy en Colombia se encuentran la bebida de la chicha y el juego de tejo. La primera ha sido satanizada, atacada y prohibida, pero el segundo ha sido aceptado, aunque menospreciado por considerarlo una práctica exclusiva de los sectores populares. Al respecto, el historiador Jorge Orlando Melo ha dicho que “Muchas de las comunidades mestizas conservaron elementos culturales de la tradición chibcha, mezclados con rasgos de origen europeo y con aquellos que se originaron en el proceso mismo de conquista y sojuzgamiento, con sus choques y violencias. El consumo de la chicha y el juego del tejo son los ejemplos más conspicuos de esto”.

A finales de la década de 1920 se intentó reivindicar el juego, en un momento cuando los vientos nacionalistas que recorrían Latinoamérica soplaron también sobre Colombia. El abanderado de este proyecto fue don Emilio Murillo, músico y empresario que luchó por la recuperación de lo nacional a partir de lo popular. Sus esfuerzos se concentraron en elevar el tejo a la categoría de deporte nacional, en un momento en el que otros deportes populares empezaban a ser difundidos y a gozar de prestigio.

Murillo formaba parte de la nueva burguesía que se volcó hacia el progreso material. Por eso sus patrocinadores fueron periódicos como Mundo al Día, donde realizaba sus reportajes, y la cervecería Bavaria, justo cuando se daba la lucha para erradicar la típica bebida nacional, la chicha, del paladar de los sectores populares. Esto produjo una alta tensión, ya que Bavaria promovía el tejo, pero a la vez imponía que la bebida asociada con el “nuevo” deporte fuera la cerveza y no la chicha, algo que rompía con la tradición. Hasta hoy, la cervecería Bavaria sigue siendo su principal patrocinador.

Una nueva oportunidad

La chicha, bebida a base de maíz que acompañaba el juego del tejo.

El juego de tejo o turmequé ha hecho parte de nuestro pasado y es parte de nuestro presente, ha subsistido adaptándose a los tiempos y esperando su reconocimiento social, a pesar del fracaso de algunas tentativas de sacarlo de su anonimato para darle el estatus o el reconocimiento que se merece.

Bavaria promovía el tejo, pero a la vez imponía que la bebida asociada con el “nuevo” deporte fuera la cerveza y no la chicha.

El problema del tejo fue simple y llanamente su origen popular en una época de menosprecio de las élites por los sectores populares, a quienes consideraba vulgares, brutos, mugrientos y degenerados, a causa de sus costumbres malsanas, como el desaseo personal o la carencia de normas sociales y disciplina.

Esto llevó a una campaña nacional de educación e higienización que pretendía erradicar el analfabetismo y muchas prácticas consideradas insalubres del diario vivir de las masas. Las élites pensaban que los deportes foráneos que empezaban a difundirse a través de la radio, revistas y periódicos podrían crear disciplina entre los habitantes, porque todo deporte tiene normas y reglas, elementos fundamentales para una sociedad avanzada. Por eso buscaron convertir la distracción popular en deporte, y así los practicantes del juego de tejo, de un plumazo, se convirtieron en “deportistas”.

También se reforzó la educación de este nuevo deporte al convertirlo en una cátedra obligatoria de educación física en las escuelas, y se lo trasladó a los exclusivos clubes de las élites, como el Magdalena Sport Club. La proliferación de nuevos campos de tejo en la ciudad, el estímulo económico a sus practicantes y el despliegue de reportajes en la sección de deportes de los diarios le dieron una vida renovada.

Pero estos esfuerzos sirvieron de poco: gran parte de la élite menospreció este deporte y al final no fue aceptado como se esperaba. Solo algunos políticos se congraciaron con él, especialmente en época de elecciones, para mostrarse remangados jugando tejo, como Jorge Eliécer Gaitán.

Solo hasta el año 2000, el tejo fue declarado deporte nacional de los colombianos en la Ley 613. Su reciente declaración como patrimonio cultural e inmaterial lo elevó a la categoría de juego autóctono de Colombia y le dio reconocimiento mundial a esta actividad, una práctica ancestral que todavía hoy es una de las más populares en nuestro país.
 
*Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, magíster en Historia de la Universidad Pontificia Javeriana. Este artículo es parte del proyecto de grado El juego de tejo, un símbolo nacional: el proyecto inconcluso, de 2010.