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Jue, Feb

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Se han hecho comunes los artículos académicos y de prensa que explican cómo el trabajo por horas profundiza el trabajo informal, cómo amenaza con ingresos insuficientes y hace inviable los demás elementos del sistema de seguridad social que dependen del ingreso del trabajador; salud, pensiones, riesgos laborales, seguro de desempleo, en fin, cómo hace imposible la protección de los trabajadores y trabajadoras en y más allá del lugar de trabajo.

De forma simple lo que se ha expuesto opera así: al fragmentarse la unidad temporal de pago, se disminuye, aún más para el trabajador, el ingreso por la disminución del tiempo remunerado; de esta manera, mientras en una jornada ordinaria de 8 horas el tiempo de las actividades preparatorias para la labor y los tiempos de trámite son remunerados en el marco de la jornada productiva, en el trabajo por horas estos componentes desaparecen. En el escenario del trabajo por horas desaparece por completo cualquier reconocimiento no imputable a la actividad estrictamente “productiva”.

Un dato determinante al momento de considerar la magnitud de la propuesta neoliberal, es el número de horas semanales trabajadas en promedio por los asalariados según su nivel de formación. Este dato arroja una serie de consecuencias preocupantes; la primera de estas es que el promedio de horas semanales excede en todos los años la jornada máxima laboral y que a menor nivel de formación mayor número de horas trabajadas semanalmente, como se puede observar en la tabla a continuación.

La tabla no sólo pone de presente la conclusión enunciada anteriormente, en su trasfondo se exhibe la precariedad de los ingresos actuales que obligan a trabajar más allá de la jornada laboral legal, sin omitir el hecho de que estos datos provienen sólo del sector formal asalariado que es una fracción pequeña del mercado laboral colombiano. Como se puede observar, el impacto es diferenciado hacia las personas de menor nivel educativo, que se pueden asociar válidamente a las personas más pobres. Esto nos permite afirmar con claridad que para hacer un ingreso mínimo los pobres, al menos los de nuestro país trabajan muchísimo más. De cara a la medida de trabajo por horas la afectación será particularmente fuerte sobre las capas más vulnerables de la sociedad. Como la medida del trabajo por horas busca aumentar la tasa de ganancia de los empresarios, ésta se compondrá mayoritariamente con la sobre explotación del trabajo no calificado.

Estos impactos a nivel individual se conjugan con un efecto colectivo que profundiza la precariedad; bajo el escenario de trabajo por horas continúa desapareciendo la idea de puesto de trabajo como categoría relevante, pues al no existir noción de estabilidad lo que emerge en el mercado es la idea de tareas disponibles. El aumento de la competencia por las tareas genera una tensión intensa en el mercado laboral por la adquisición de “un qué hacer”, como ocurre en los escenarios de teletrabajo o trabajo basado en línea, pues al existir un mayor número de personas disponibles que labores asignables, se terminaría por presionar aún más hacia el piso los salarios reales de los trabajadores.

En este escenario, de competencia por labor, se hace impensable para el trabajador o trabajadora, el control de los tiempos productivos, la administración de los ciclos de descanso, la idea de ahorro o la posibilidad de destinar un tiempo para el ocio, e incluso hace impensables las nociones de enfermedad laboral o pensión por discapacidad.

Con el aceleramiento de los ritmos productivos se pierden de vista piezas elementales en materia de retribución y derechos asociados al trabajo, ya que se reconocen cada vez menos, la retribución al trabajador por el excedente que genera su actividad productiva. El trabajo, entonces, por sorprendente que parezca en un país que le recomienda al trabajador “no patear la lonchera”, no es un favor, sino la base de la generación de la riqueza. En el marasmo legalista hemos perdido el sentido de las reivindicaciones al creer que el fundamento de estos derechos es tal o cual forma contractual o legal, tal o cual elemento central de la relación laboral, dejando de lado el elemento estructural de la relación económica que es ¿quién captura el excedente productivo? El trabajador genera un excedente y éste es apropiado por el empresario.

La ética del trabajo por horas pareciera expresar de manera brutal la idea de nuestro tiempo, en la que el ser humano es leído solo a través de su capacidad productiva, esto es, como un medio para un fin, un medio para producir. En el proceso el trabajador o trabajadora es ultrajado, exprimido; es una cosa que no requiere familia, amor, ni ocio, que no amerita descanso, desprovisto de una naturaleza propia. En el tiempo de los trillonarios, a las garantías mínimas laborales se les llama privilegios y se hace creer a los sindicatos ser élite de una clase casi extinta, los trabajadores con derechos.

La capacidad productiva se ha multiplicado, la tecnología ha hecho la tarea y, aun así, precisamos trabajar más, en peores condiciones, para poder disfrutar de una mínima fracción de lo que producimos. Afrontamos trabajos de subsistencia de cuenta de la injusta redistribución del excedente productivo, producimos en multitarea, a distancia, a toda hora y aun así no alcanza para la construcción de un sentido autentico de vida. Es un mundo dónde unos pocos disponen de 70 billones de dólares para sobrevivir y otros, las mayorías, no alcanzan el mínimo sustento diario.

Afrontar cuanta tarea salga para alcanzar a medio vivir, expresa la precariedad, no la creatividad o la pujanza; la precariedad está llena de miedo, de incertidumbres sobre el futuro y de frustraciones, incluso la idea de la familia se torna irrealizable, habitamos apiñados con extraños y nuestra intimidad se desvanece en la incapacidad de pagar un arriendo para hacer nuestra vida en pareja, elegimos entre desgastarnos a pie o en bicicleta y entre comer algo decente o algo rápido, barato y chatarra; todo esto en los tiempos de los trillonarios.

Son tiempos donde tener una casa es imposible ¿Estudio para todas y todos los hijos? Sí, pero a cambio de una deuda y rezar para que todo salga bien, para no accidentarse y perderlo todo. Un carrito sí, pero hay que ponerlo a producir, vacaciones jamás. En este escenario no hemos fallado como trabajadores, nos han fallado, nos han estafado, hemos dado nuestra vida en alcanzar con trabajo honesto un mejor vivir y en cambio nos han devuelto a nuestra casa embargada con las manos vacías, hemos producido millones y estamos llenos de deudas, la promesa de redistribución ha sido burlada y el Estado como garantía de redistribución ha conspirado en contra de los más vulnerables, permitiendo que se amasen obscenas fortunas a cambio de lo de todos.

Las cifras de desempleo parecen inocuas a la luz de la promesa del pago por horas. La actividad creativa es privilegio de quien tiene el tiempo y esa es la contradicción que se perfila: producción versus vida. ¿Cómo llamamos a quienes teniéndolo todo ahora aspiran ser dueños de nuestra vida? ¿Cómo llamamos a quienes sin faltarles nada se apoderan de la existencia de millones para saciar su avaricia? Quienes tratan de imponer el trabajo por horas son seres viles, genocidas sin dios ni ley, son los capitalistas modernos.

En el tiempo de los trillonarios pululan los miserables que ahora, además, deben pagar por trabajar. Pero llegará el tiempo de la libertad, dónde trabajar por horas, y pocas, sea el correlato de un ocio productivo que genere vida digna y plena.

Por: Equipo Jurídico – Cedins

Información tomada de: https://cedins.org/index.php/2020/02/13/la-etica-neoliberal-del-trabajo-por-horas/